Los medicamentos ante las nuevas realidades económicas
(1997; 272 páginas) [English]
Table of Contents
View the documentNOTA SOBRE LOS AUTORES
View the documentPRESENTACIÓN
View the documentPRÓLOGO
View the documentGLOSARIO
Open this folder and view contentsI. EL ENTORNO ECONOMICO GLOBAL
Close this folderII. LA REFORMA DE LOS SISTEMAS DE SALUD
Close this folderII.1. El impacto sobre los medicamentos de la contención del gasto y las reformas en la asistencia sanitaria, por Elias Mossialos
View the document1. INTRODUCCIÓN
Open this folder and view contents2. LAS MEDIDAS DE CONTENCIÓN DE GASTOS
Close this folder3. LAS SOLUCIONES A LARGO PLAZO
View the document3.1. Planteamientos sistemáticos para establecer prioridades
View the document3.2. ¿Por qué son tan explosivos los gastos de atención médica?
View the document3.3. La evaluación tecnológica y la farmacoeconomía
Close this folder3.4. Los problemas metodológicos en la evaluación económica
View the document3.4.1. El análisis coste-beneficio
View the document3.4.2. El análisis coste-utilidad
View the document3.4.3. La cooperación internacional
Open this folder and view contents3.5. Hacer los servicios sanitarios más eficientes
View the document3.6. La atención médica necesaria y la medición de los resultados
View the document4. CONCLUSIONES
View the documentBIBLIOGRAFÍA
Open this folder and view contentsII.2. La reforma de la atención a la salud en América Latina. El rol del Estado y los medicamentos esenciales, por Alberto Infante
Open this folder and view contentsII.3. Regulación, políticas y medicamentos esenciales, por Juan Ignacio Arango F.
Open this folder and view contentsIII. LAS TRANSFORMACIONES DE LA INDUSTRIA FARMACÉUTICA
Open this folder and view contentsIV. SINTESIS Y PREVISIONES
View the documentBIBLIOTECA CIVITAS ECONOMÍA Y EMPRESA - COLECCIÓN ECONOMÍA - SERIE TRATADOS Y MANUALES
View the documentCUBIERTA POSTERIOR
 
3.4.2. El análisis coste-utilidad

El análisis coste-utilidad intenta valorar los beneficios de la atención sanitaria en términos de los años de salud ganados, en lugar de en unidades financieras. Los años en que una persona no disfrute de plena salud se pueden contar como una proporción de un año de salud. Por lo tanto, se presupone que los años de vida sana tienen el mismo valor para distintas personas. Se puede argumentar que existen etapas de la vida que tienen más valor que otras, como por ejemplo los primeros años después de tener hijos o mientras se cuida a los parientes ancianos y algunos pueden pensar que supone un coste mayor sacrificar la etapa en la que se pueden obtener mayores rentas. Si se aceptara cualquiera de estos argumentos, se podrían utilizar ponderaciones antes de la etapa final en la que se comparan los costes de los tratamientos con el valor de los años ganados. Es posible hacer estimaciones sobre el estado de salud medio en que se encontrarán los pacientes después del tratamiento y sobre el promedio que se espera vivan. Sin embargo, no se debe olvidar que esto son sólo estimaciones y promedios. Algunas personas pueden responder mejor al tratamiento que otras y los jóvenes pueden evolucionar mucho mejor que los más viejos. Las personas débiles, ancianas y minusválidas puede que inicialmente tengan una calidad de vida más baja y por lo tanto tienen menos que perder a resultas de la intervención.

Una escala de este tipo, utilizada en cierta medida y muy discutida en el Reino Unido, es la escala Rosser (ROSSER y WATTS, 1972), en la cual se valoran los estados de minusvalía física, desde el 1 (sin minusvalía) hasta el 0 (fallecidos), y desde la A (sin sufrimiento) hasta la D (sufrimiento grave). El hecho de fijarse exclusivamente en la minusvalía y en el sufrimiento nos da una perspectiva muy limitada del estado de salud: se ignoran factores como la satisfacción en el matrimonio, la actividad sexual y la capacidad de reproducirse, a menos que éstos causen un sufrimiento. Es una medida negativa en lugar de una medida positiva de «sentirse bien», y tampoco tiene en cuenta la carga que puede pesar sobre otros miembros de la familia (GUDEX, 1986). Se puede criticar cualquier escala por incompleta, pero se necesitarían muchos años de investigación costosa para encontrar medidas exhaustivas de la calidad de vida, tales como el «Nottingham Health Profile» o el «Sickness Impact Profile», así como utilizar un gran número de ensayos clínicos para determinar la eficacia de todos los tratamientos según los años de salud ganados.

Pero el problema fundamental es: ¿quién debe decidir el método de valoración de los estados de minusvalía (tales como el no ser capaz de desempeñar tareas duras en la casa o el estar en una silla de ruedas) y otros indicadores de mala salud? ¿Quién debería determinar los niveles de dolor y de sufrimiento? ¿Cómo se deberían ponderar la minusvalía y el sufrimiento? ¿Debería responsabilizarse una muestra aleatoria de la población, los aquejados de minusvalía o dolor, los profesionales médicos o los administradores? Cada uno nos daría un resultado distinto. Según un pequeño estudio, los médicos harían hincapié en el sufrimiento, mientras que los pacientes pensarían que la minusvalía es más importante (ROSSER y KIND, 1978). De nuevo merece recordarse la diversidad de reacciones de las personas frente a las minusvalías. Por ejemplo, algunos pueden vivir una vida plena desde una silla de ruedas, mientras que otros considerarían su vida muy limitada.

Estos índices usualmente predicen la mejora probable en el estado de salud después del tratamiento, el valor que se da a esa mejora y su posible duración. La crítica principal es que, debido a que se toma en cuenta la duración de la mejora, las prioridades establecidas dentro de los tratamientos, o entre tratamientos, estarían sesgadas en contra de los ancianos. En segundo lugar, no se toman en cuenta otros muchos factores para medir la calidad de vida, como por ejemplo las morbilidades conjuntas u otros factores que puedan influir en la capacidad de mejora de un paciente. En tercer lugar, la mejora pronosticada para un tratamiento se estima como el promedio de mejora probable. Algunos individuos puede que se beneficien de un tratamiento mucho más que otros. Estas variaciones en las mejoras potenciales pueden predecirse con antelación, pero no se incluyen dentro de las medidas de calidad de vida. En cuarto lugar, no se conoce en su totalidad la eficacia de los tratamientos y los instrumentos para medir las mejoras necesitan pulirse todavía más y utilizarse de forma sistemática.

Lo mismo se puede decir de las medidas de calidad de vida, especialmente cuando estos instrumentos se utilizan para establecer prioridades entre una gama de servicios diferentes. No todas las investigaciones sobre calidad de vida en tratamientos concretos utilizan definiciones estrictas, lo cual dificulta la comparación de los resultados.

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