La Industria farmacéutica de los países latinoamericanos es débil (con la excepción de Argentina, Brasil y México importa más del 90 por 100 de los principios activos y muchos países importan más del 50 por 100 de los productos terminados) y poco competitiva. La producción estatal de medicamentos, donde existe, representa (salvo en Cuba) un porcentaje irrelevante del mercado.
Sin embargo, es un mercado en expansión: entre 1986 y 1992 creció en proporciones que van del 119 por 100 de Centroamérica a más del 250 por 100 en Paraguay, Venezuela y México (aunque ello incluye no sólo los aumentos de consumo sino los incrementos de coste y las fluctuaciones de las monedas); relativamente concentrado, pues sólo tres países (Argentina, Brasil y México) representaban en 1992 el 70 por 100 de ese mercado; y de marcas, pues la disponibilidad de genéricos, tanto geográfica (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Venezuela) como funcionalmente, es muy reducida. Y, como otros mercados de la región, en desigual proceso de integración por áreas subregionales. El MERCOSUR fijó diciembre de 1995 para el libre mercado de productos (incluidos los farmacéuticos) y el TLC ha avanzado en el reconocimiento de patentes; en 1993, con el apoyo de OPS y OMS, los países andinos (cuyos primeros intentos en este campo datan de 1970) adoptaron la «Estrategia andina de medicamentos» (OMS, 1993a, pp. 13-15) y reactivaron la Comisión Asesora del Convenio Hipólito Unanue sobre Medicamentos; ni los centroamericanos ni los del Caribe anglófono parecen haber realizado aún progresos significativos.
Por otro lado, sólo el 23 por 100 de los países latinoamericanos han oficializado normas de fabricación correcta; el número de inspectores farmacéuticos no se ha modificado en los últimos años y aunque el sistema de certificación de la calidad promovido por la OMS ha sido formalmente aceptado por la mayoría, no suele ser un requisito que se exija en la práctica. Existe una Red Latinoamericana de Laboratorios Oficiales de Calidad que se viene tratando de reactivar con escaso éxito desde 1991.
Comentario aparte merece la producción de vacunas. En la región de las Américas, sólo los Estados Unidos cuentan con una capacidad de producción de las vacunas incluidas en el Programa Ampliado de Inmunizaciones, de calidad garantizada y que excede la demanda nacional. México es el único país latinoamericano que las produce todas (y alguna otra no incluida en el PAI) pero aún no ha conseguido satisfacer su demanda interna. Cuba y Brasil han realizado grandes inversiones y no están lejos de la autosuficiencia. La gran mayoría de los laboratorios son públicos. Ninguna transnacional se dedica a vacunas para uso humano y los pocos laboratorios privados que lo hacen tienen un peso muy pequeño en el mercado. Curiosamente, el Fondo Rotatorio de la OPS parece haber servido más para estimular la importación de vacunas europeas, norteamericanas o japonesas que la producción regional.