La exposición moderada de la piel a la luz solar tiene efectos beneficiosos, pues la radiación ultravioleta es esencial para la síntesis de vitamina D y, por tanto, para el desarrollo esquelético. La exposición excesiva, en cambio, es peligrosa, sobre todo para las personas de piel clara que se broncean con dificultad y los pacientes fotosensibles. Existen también datos indicativos de que la luz ultravioleta disminuye la respuesta inmunitaria de la piel.
Los efectos nocivos de la luz solar resultan evidentes en el eritema solar agudo y, a largo plazo, en el envejecimiento prematuro de la piel. Pero la exposición excesiva a la luz solar es también un factor predisponente para las lesiones cutáneas de carácter maligno y premaligno, como la queratosis actínica, el carcinoma espino-celular, el carcinoma basocelular y el melanoma.
La incidencia de lesiones premalignas y malignas es especialmente elevada entre las personas de piel clara que habitan en países soleados, así como en las personas de piel oscura con vitíligo o albinismo. Muchos de estos casos podrían evitarse con sólo convencer a las personas vulnerables (y, si se trata de niños, a sus padres) de la importancia de evitar las quemaduras solares y disminuir la exposición a las radiaciones solares. La fotoprotección infantil es un asunto prioritario en todo el mundo; es preciso hacer lo posible por poner en marcha programas educativos sobre protección solar en edades muy tempranas. Es muy eficaz el uso de prendas protectoras (p. ej.: tejidos tupidos, sombreros de ala ancha, prendas de manga larga, pantalones largos). Cuando estas medidas resulten impracticables o inaceptables, es importante fomentar el uso de filtros solares con un factor de protección de 15 como mínimo. La gente debe comprender que la atmósfera filtra la luz ultravioleta y, por lo tanto, es preferible no exponerse al sol a mediodía, cuando el sol está en posición casi vertical y es menor la cantidad de atmósfera que atraviesa la luz solar.