Las posibles consecuencias tóxicas del uso de algunos medicamentos generan
especial preocupación entre los pacientes, los médicos prescriptores, los dispensadores y las autoridades
reguladoras, pues las reacciones adversas son una causa importante no solo de consulta médica sino también de
ingreso hospitalario, y, en ocasiones, de la muerte del paciente. Además, en los últimos años se han retirado del
mercado numerosos medicamentos como consecuencia de una relación beneficio/riesgo desfavorable no detectada
cuando se autorizó la comercialización.
Como se describe en el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS),
Alianza mundial para la seguridad del paciente, entre los principales requisitos de los programas para mejorar la
seguridad de los pacientes figuran la calidad y la capacidad de reunir la información más completa sobre
reacciones adversas y errores de medicación, de modo que esos programas constituyan fuentes de conocimiento y
sirvan de base para futuras actividades de prevención. Si no se toman medidas apropiadas ante una reacción
adversa a un medicamento o cuando se conocen nuevas comprobaciones al respecto, sucede en general que la
lección no se aprende, se pierde la oportunidad de generalizar el problema y no se manifestará la
capacidad de producir soluciones efectivas y aplicables más amplias (1). Surgen de esto dos ejes fundamentales de acción:
(a) la formación adecuada en farmacología clínica y terapéutica en todos los niveles para una mejor
utilización de los medicamentos, y
(b) el establecimiento de un sistema de farmacovigilancia.
Las necesidades en materia de salud y el uso de medicamentos varían mucho
entre los países, por razones económicas, étnicas y culturales, así como por la carga de morbilidad, la dieta,
el nivel de desarrollo del país y el sistema de regulación de los medicamentos; en consecuencia, las decisiones
concernientes a la efectividad y la seguridad han de considerarse en el contexto específico de cada país. En tal
sentido, la vigilancia de la seguridad y efectividad de los medicamentos debe ser una prioridad de la salud pública.
Los sistemas de farmacovigilancia son, por lo general, imperfectos. En
América Latina y el Caribe la farmacovigilancia es aún débil, ya que presenta las mismas deficiencias que en los países
desarrollados: subnotificación; notificación redundante de efectos adversos ya conocidos; conflictos de
intereses debidos a las vinculaciones entre prescriptores y dispensadores por un lado y la industria farmacéutica por
el otro; falta de motivación por parte de los profesionales de la salud para cumplir con las notificaciones.
Pero a esas deficiencias se añaden otras: sistemas de salud inequitativos y poco solidarios; elevados porcentajes
de población sin acceso al sistema de salud ni a la asistencia sanitaria; escasa interacción directa entre los
pacientes y los profesionales de la salud, lo que fomenta el empleo de “remedios caseros” basados el uso de hierbas
medicinales que escapan a procedimientos industriales de manufactura y control. También existe en el mercado la oferta de
medicamentos combinados en dosis irracionales, cuya eficacia no ha sido demostrada, así como de
medicamentos con indicaciones no aprobadas, sin dejar de lado problemas mayores, tales como la adquisición de
medicamentos sin receta, como los antibióticos, y la venta de medicamentos por Internet, entre otros.
Este es el contexto en el que debería abordarse la farmacovigilancia en el
siglo XXI, y de ahí la gran importancia de asegurar su armonización en las Américas y de impulsar el desarrollo de guías
de buenas prácticas de farmacovigilancia y de sistemas de gestión del riesgo. Es necesario poner en
práctica programas activos de vigilancia basados en la farmacoepidemiología, ya que el planeamiento de las
actividades antes de la aprobación de los medicamentos beneficiará la salud pública de la región.
La OPS/OMS está interesada en el desarrollo de guías de buenas prácticas que
pueden emplearse para facilitar y perfeccionar el sistema de notificación de farmacovigilancia y
mejorar así la seguridad de los pacientes. Este proceso conduce como mínimo a una retroalimentación de las conclusiones del
análisis de datos. Idealmente, también incluye recomendaciones para cambios en los procesos y sistemas de
salud, tales como la realización y aprovechamiento de análisis significativos y el aprender de las
notificaciones. La difusión de lo aprendido requiere competencias y otros variados recursos humanos y financieros. Por su
parte, la autoridad que recibe las notificaciones debe ser capaz de influir en las soluciones, así como de
diseminar la información y de recomendar los cambios pertinentes.