La mitad del siglo XX representó para el mundillo de los medicamentos un período de optimismo exaltado: un medicamento para cada enfermedad, parecía ser la promisoria perspectiva a corto plazo. El número de descubrimientos se aceleró vertiginosamente y cada año se lanzaban al mercado centenares de nuevos productos. Sin embargo, la realidad muy pronto hizo dolorosos llamados de atención al vértigo del desarrollo farmacéutico. Productos lanzados al mercado en vista de su eficacia, comenzaron a mostrar que desde el punto de vista de la seguridad dejaban mucho que desear; otros, cuya eficacia inicial pareció muy promisoria, pronto demostraron no superar productos más tradicionales. Las autoridades tomaron entonces cartas en el asunto, haciendo mucho más estrictas las regulaciones sobre investigación y, sobre todo, en materia de autorización previa a la comercialización.
Nuevas líneas de investigación, como la biotecnología han avanzado mucho más lentamente de lo previsto; el avance en algunas patologías como cáncer y SIDA no ha sido muy prometedor.