¿Quiere esto decir que estamos en camino de un ser humano «genérico», sin nacionalidad? No. Quiere decir que el papel político del Estado nacional pierde preponderancia y que buena parte del papel de éste se transfiere a instancias políticas supranacionales, creándose así espacios más amplios que el Estado-nación de los últimos dos siglos. Se crea espacio político para la existencia de organismos internacionales (como Naciones Unidas), pero también para instancias supranacionales, como los cuerpos decisorios de los procesos de integración como la Comunidad Europea, el Grupo Andino, etcétera.
Estos procesos, en consecuencia, suponen dos decisiones sociales: a) hacer menos densas las barreras nacionales para facilitar el intercambio y b) crear instancias políticas supranacionales sobre las cuales depositar buena parte de las funciones reguladores requeridas por la nueva dimensión del «intercambio social»3. Bajo esta concepción, la nacionalidad se reivindica plenamente desde el punto de vista cultural, pero en lo estrictamente político-económico tiende a compartirse con otras nacionalidades.
3 Con menor fuerza todavía, pero ya presente, encontramos la dimensión de la justicia como tarea de tales instancias. Se prevé, por ejemplo, trato favorable para naciones con menor desarrollo e incluso transferencia física de recursos para grupos nacionales menos favorecidos.