El melanoma maligno, tumor maligno derivado de los melanocitos cutáneos, es la forma más mortífera de cáncer de piel. A pesar de todo, la mayoría de los melanomas pueden curarse sin complicaciones si se diagnostican precozmente y se realiza una escisión correcta de las lesiones. La mayor parte de los melanomas se originan a partir de los melanocitos cutáneos normales, aunque entre el 30% y el 40% de los casos pueden asentar sobre una lesión névica previa. Los signos indicativos (aunque en modo alguno diagnósticos) de malignización pueden ser: aumento rápido de tamaño, cambio de coloración (con diseminación del pigmento a la piel adyacente o no), inflamación de la piel circundante, hemorragia o ulceración de una lesión pigmentada. Las lesiones iniciales pueden ser planas y asemejarse a una peca extraña. El color no es uniforme, con áreas oscuras que contrastan con otras más claras. El cambio de coloración constituye un signo clínico especialmente importante.
Tratamiento
Las lesiones sospechosas de pequeño tamaño (diámetro 6 mm) deben extirparse quirúrgicamente con un margen inicial de 3 ó 4 mm. Si las lesiones son demasiado grandes como para extirparlas, deben tomarse muestras de biopsia para proceder a su examen histológico. Siempre que sea posible debe determinarse la profundidad de la lesión, pues es éste un dato esencial a la hora de decidir sobre el tratamiento quirúrgico adicional, además de un importantísimo factor pronóstico. Según la profundidad de invasión confirmada histopatológicamente, puede ser necesario practicar una escisión adicional de 1 ó 2 cm de piel sana alrededor del tumor original. La profundidad de invasión es también un factor importante para establecer el riesgo de metástasis en zonas distantes.