A comienzos de los años ochenta se hizo patente que el Acuerdo General ya no respondía tan bien como en los cincuenta a las realidades del comercio. La complejidad del comercio mundial y su volumen eran muy distintos de lo que fueran cuarenta años atrás. Conforme avanzaba la globalización de la economía, las inversiones internacionales experimentaban un crecimiento sin precedentes, y el comercio de servicios -no cubierto por las normas del GATT- empezó a tener gran interés para un número cada vez mayor de países, y a aparecer estrechamente ligado al aumento del comercio mundial de mercancías.
Las normas del GATT se juzgaban insuficientes también desde otros ángulos: en el sector agrícola, por ejemplo, donde las lagunas del sistema multilateral eran muy explotadas y las tentativas de liberalización habían sido básicamente inútiles, y en el sector de los textiles y el vestido, donde se había negociado una excepción a las áreas de influencia normales del GATT con el Acuerdo Multifibras (AMF). También empezaban a preocupar la estructura institucional del GATT y su procedimiento de solución* de diferencias. Todos estos factores bastaron para convencer a los Miembros del GATT de la necesidad de hacer un esfuerzo renovado para fortalecer y ampliar el sistema multilateral.