Las roturas pueden deberse a una manufactura de escasa calidad, la erosión entre el cuerpo y el mango, un espasmo muscular fuerte o un movimiento repentino del paciente, la retirada incorrecta de una aguja bloqueada o doblada o el uso prolongado de corriente galvánica.
Si una aguja se dobla durante la inserción, hay que retirarla y sustituirla por otra. No se debe aplicar mucha fuerza al manipular las agujas, en particular al alzarlas y clavarlas. El punto de unión entre el cuerpo y el mango es la parte más expuesta a la rotura. Por consiguiente, al insertarla debe quedar siempre por encima de la piel entre un cuarto y un tercio del cuerpo de la aguja.
Si se rompe una aguja, hay que pedir al paciente que mantenga la calma y no se mueva, a fin de impedir que la parte rota de la aguja penetre en los tejidos a mayor profundidad. Si hay todavía una parte de la aguja rota por encima de la piel, se retira con unas pinzas. Si está al nivel de la piel, se presiona suavemente alrededor de este punto hasta que sale al descubierto el extremo roto y luego se retira con las pinzas. Si está completamente por debajo de la piel, se pide al paciente que vuelva a su posición anterior y con frecuencia aparecerá el extremo del cuerpo de la aguja. En caso contrario, hay que recurrir a la intervención quirúrgica.