(SCHERER, 1993, pp. 97-115)
Una cuestión fundamental para la política industrial farmacéutica es la necesidad de proteger hasta cierto punto a la industria basada en la investigación de una situación de deterioro grave en su capacidad financiera de innovación. No creo que yo pueda dar una respuesta cuantificada a este asunto tan polémico. La industria de especialidades de marca asegura gastar, por sí sola, hasta un 12 o un 15 por 100 de sus ingresos en investigación (aunque en realidad pocas empresas alcanzan este nivel) y no cabe duda de que así surgen muchos productos nuevos. Los críticos de la industria señalan que el gasto en publicidad y promoción excede, normalmente, este nivel y que se podría recortar. También hacen referencia a los beneficios sistemáticamente altos, a la escasa innovación verdaderamente útil para el ejercicio clínico que aportan muchos productos nuevos y a la contribución universitaria a gran parte de la innovación básica.
Estos argumentos, esgrimidos por uno y por otro lado son importantes. En Europa las distintas administraciones han llegado a la aceptación de una duración general de las patentes de veinte años, con posibilidad de ser prorrogada por otros cinco años en el caso de los medicamentos. Más allá de estas conquistas, la protección de la Industria farmacéutica de investigación depende, en gran parte, de sus propios esfuerzos. El hecho de que las empresas de especialidades de marca hayan entrado (o hayan hecho adquisiciones) en el campo de los genéricos, les ha proporcionado una nueva fuente de ingresos muy importante para mantener sus beneficios. Y no cabe duda de que tanto sus actividades de relaciones públicas como su flexibilidad les serán de gran utilidad. Incluso podría darse el caso de que un recorte en los fondos de investigación tuviera un efecto saludable, en forma de una mayor concentración de los gastos en aquellas empresas con un historial de verdadera innovación médica, en lugar del desarrollo de moléculas con características ya conocidas.