Tras una década caracterizada por la caída de las tasas de ahorro e inversión, la contracción del empleo y una elevada inflación, a finales de los ochenta y comienzos de los noventa muchos países de América Latina y el Caribe mostraron signos de recuperación económica.
Así, entre 1991 y 1993 el PIB per cápita de la región creció el 4,3 por 100 en valor acumulado frente al descenso del 8,9 por 100 experimentado en la década de los ochenta. A ello se unió una cierta estabilidad de precios, una mejora del déficit público, un aumento del comercio intrarregional y una gran afluencia de capitales externos (CEPAL, 1993).
La recuperación fue posible por el cambio de la coyuntura económica internacional y por el acuerdo al que se llegó en la mayoría de los países (fascinados por el ejemplo de ciertos países asiáticos), sobre la vía para salir del estancamiento: apertura económica y liberalización de las economías. Se implantaron programas económicos de reducción del gasto público, reforma de los sistemas tributarios, control del crédito, devaluación de las monedas, reducción drástica de barreras al comercio exterior y desregulación o privatización de empresas públicas. Es decir, menos sector público y más oportunidades al sector privado.
Con todo, el ingreso regional de 1993 fue un 5 por 100 inferior al de 1980 y equivalente al de 1978. Además, el crecimiento económico no fue homogéneo: en Barbados, Haití, Nicaragua y Suriname el PIB decreció, mientras en Argentina, Bahamas, Chile y Panamá el incremento acumulado entre 1991 y 1993 superó el 20 por 100. Y, a finales de 1993, el ahorro interno no había mejorado, el saldo por cuenta corriente seguía empeorando, los intereses de la deuda seguían absorbiendo gran parte de las divisas adquiridas por el comercio exterior (en el caso de Nicaragua casi el 100 por 100) y la infraestructura básica (energía, transporte, comunicaciones, puertos, saneamiento básico, educación y salud) seguía deteriorándose. Y aunque el valor de los pagarés de la deuda externa latinoamericana en el mercado secundario pasó, en promedio ponderado, de un 32,5 por 100 del nominal en enero de 1991 a 62,8 por 100 en octubre de 1993, tanto el ingreso de capitales como la colocación de bonos eran, en muchos casos, operaciones a corto plazo, muy sensibles a las variaciones nacionales e internacionales de la coyuntura (OPS, 1994c, pp. 315-325). El caso de la reciente crisis política y financiera mexicana (el principal país latinoamericano receptor de capitales para la compra de deuda pública) ilustra claramente las fragilidades de este modelo de crecimiento.